Fenómenos naturales y emocionales: despedidas, desapegos y otros…

Me pasó hace 4 meses, y ayer se repitió… pero nunca antes había experimentado que un fenómeno natural, digamos ‘excepcional’, se alineara con una sacudida emocional o personal. Ayer en la madrugada un temblor de tierra movió mi cama en Barcelona. Son esos temblores que remueven los cimientos y ponen a prueba su resistencia, hasta el punto de que pueden salir reforzados.
El temblor de ayer me conectó con el tornado que viví en San Cristóbal, hace cerca de 4 meses…

 ultimos dias Molino3

Molino Los Arcos, San Cristóbal de las Casas – 2 de julio de
2015

Despedidas, hasta luegos, hasta prontos, adioses, hasta la vistas… pequeños duelos que se agarran al corazón con temor, por la incertidumbre de saber si nuestras miradas se volverán a cruzar en un mismo lugar o deberemos inventar nuevos universos donde poder abrazarnos, donde sentirnos la piel, donde querernos y amarnos sin poder tocarnos.

A pesar de las nuevas tecnologías – que ya dejaron de ser nuevas hace tiempo – sé que el contacto con ciertas personas se va a interrumpir quién sabe hasta cuándo. Y lo que mi corazón siente desde lo más profundo es el más sincero deseo de que a estas personas les vaya bien en la vida, lo mejor que les sea posible. Que vivan de acuerdo a sus ilusiones, que el corazón guíe sus pasos. ¡Qué felicidad imaginar que eso sea posible!

Miro caer la lluvia desde el rincón de uno de mis lugares favoritos donde tomo café en San Cristóbal, y mis ojos se empañan echando de menos ya a quienes acabo de decir adiós. Me ha pasado en muchas ocasiones estos días en los que se acumulan experiencias de desapego… y mi corazón se encoge cada vez que se aproxima una nueva despedida.

Los afectos hace mucho tiempo que consolidaron, ya nos acompaña el amor, la estima más sincera, el desearnos lo mejor en nuestros caminos, a pesar de que la ausencia – el vacío – se vaya a llenar del eco de la añoranza, de una dulce tristeza que invade cada rincón que observo, que ocupo.

Vengo de regalarle ‘El Principito’ a uno de mis amigos favoritos, Josué, un muchacho de la comunidad Molino Los Arcos, de apenas 12 años, con quien conecté desde el primer día que iniciamos las clases de refuerzo; a veces sin hablarnos nos hemos dicho tantas cosas: he podido percibir mucha belleza en él, la que refleja su mirada, la que se refleja en su ser, en su estar. Ha sido un verdadero regalo compartir aprendizajes durante 10 meses. Sé que le va a ir bonito. Deseo que te vaya todo bien, amigo. Imagino que es lo que sienten todas las madres para con sus hijas e hijos. Y mientras tanto voy tachando pendientes de mi lista, donde se acumulan mandados, recados y cosas por hacer que no se pueden posponer, tratando de que lo urgente no eclipse lo importante que son las personas a las que quiero abrazar y que ocupan un lugar en mi corazón.

Estos últimos días San Cristóbal no deja de regalarme bellos momentos, como la celebración de la clausura del curso escolar en la escuela Ignacio Manuel Altamirano de Molino Los Arcos donde egresaron lxs alumnxs del kínder, que el año próximo van a entrar en la Primaria, y lxs estudiantes de sexto grado, que dicen adiós a la escuela porque el próximo curso van a cambiar de centro para cursar Primero de Secundaria. Emotivo adiós a tantos y tantas niños y niñas para los que la escuela es vida.

Graduación4(3)Otro momento generoso fue ser la madrina de graduación de Juanita que finalizaba su etapa en la Secundaria; su mamá no podía asistir a la celebración porque no podía faltar a las clases de costura que estaba tomando para aprender a hacer su propia ropa y venderla en el mercado (una nueva manera de generar ingresos para una familia monomarental, de la cual también forma parte Sebastián, de 17 años que sufre parálisis cerebral). Fue un honor acompañar a Juanita a recoger su diploma. A Juanita le regalé mi guitarra. Su amor por la música me conmueve y no conozco mejor destinataria a quien dejar este instrumento que quiere aprender a tocar y al que yo no dediqué tiempo ni amor suficiente.

Como agradecimiento la familia me invitó a comer a su humilde casa. Fue el día que el tornado atravesó el mercado y el barrio de Mexicanos. Por suerte pude esquivarlo, en ese momento…

Su casa es realmente humild: una cabaña con un sofá, una cama de matrimonio y un espacio que hace las veces de vestidor, armario, sala y almacén. Y en la cama de matrimonio duermen los 3: Juanita, su mamá y su hermano.

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el sol, al final, siempre aparece…

Comemos con el actual compañero sentimental de la mamá de Juanita: un maestro jubilado muchísimo mayor que ella. Ella podría irse a vivir con él y abandonar su pequeña cabaña, pero se niega a convivir en una casa grande y confortable. Quien fuera su marido ya la echó de casa cuando Juanita tenía 10 años, y ha aprendido a no depender de ningún hombre, de ninguna persona más que de sí misma creando artesanías de macramé, bordando, y ahora también aprendiendo a coser en un curso que le ocupa muchas horas pero que sabe que le va a ser muy útil… Y yo no puedo dejar de pensar en regalarle una máquina de coser antes de mi partida de México. ¿Pero qué tipo de favor le estaría haciendo? Sé que ella se seguirá esforzando y podrá reunir el dinero y conseguir una por sus propios medios. ¿No es este el mejor regalo que podría obtener por su afán?

La familia ha sido tan linda conmigo… También han comido con nosotrxs dos hijos del ‘padrastro’ de Juanita, un hermano de la mamá y tres sobrinos de 10, 11 y 5 años. Antes de irme me he despedido a solas de Sebastián, que se pasa horas y horas solo en la cama o en la silla de ruedas, sin otro estímulo que un televisor encendido. Su mamá se siente tan culpable por no poder dedicarle más tiempo… ufff… Cuando le he acariciado las mejillas se le ha iluminado la cara y ha sonreído. No me hubiera separado de su lado… y han empezado a caerme lágrimas que me he tragado porque no quería que nadie me viera… Me he ido tan triste y a la vez contenta de saber que existen mujeres como Sebastiana, y por este regalo de comida compartida…
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De vuelta a casa el paisaje del mercado deja ver el paso del tornado: planchas caídas, puestos destrozados, todo lleno de hojas, ramas… Un paisaje desolador que ya empiezan a reconstruir los vendedores y vendedoras, los vecinos y vecinas. Igual que ellos, yo también tengo que empezar a recomponer mi corazón porque, a pesar de la gran tormenta de emociones y el tornado que sí me alcanzó, el sol está ansioso por asomarse detrás de la bruma de las mágicas montañas que nos cobijan en San Cristóbal de las Casas.

Elisabet Alguacil

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